El primer día de escuela de Yosi en Estados Unidos se parecía a todas las películas estadounidenses que había visto: Autobuses escolares amarillos se alineaban frente al edificio. Los pasillos estaban llenos de estudiantes. Y la escuela tenía un gimnasio enorme, tal como había visto en la pantalla. Estaba muy lejos de su pueblo en México, donde la escuela solo contaba con tres aulas, una biblioteca, un laboratorio y una sala de informática.
Había llegado a Minneapolis apenas dos meses antes, reuniéndose con sus padres tras años de separación. Ahora, tenía que encontrar el camino para asistir a clases en una nueva escuela, en un nuevo país, en un nuevo idioma.
Durante la segunda mitad de la Administración Biden, medio millón de nuevos niños inmigrantes llegaron a las escuelas públicas estadounidenses. Las Escuelas Públicas de Minneapolis, afectadas por años de disminución de la matrícula y los consiguientes recortes presupuestarios, dieron la bienvenida a los recién llegados. Más de 2500 nuevos estudiantes cuya primera lengua es el español se matricularon en el distrito entre enero de 2023 y enero de 2024, según datos oficiales del distrito.
La Escuela Intermedia Andersen United se convirtió en un refugio para estos nuevos estudiantes. Para septiembre de 2024, aproximadamente un tercio de los 1000 estudiantes de la escuela eran recién llegados, es decir que llevaban tres años o menos en Estados Unidos.
La escuela ofrece un programa bilingüe de español, además de clases de inglés general, lo que permitió que muchos de los nuevos estudiantes hispanohablantes pudieran tomar clases en su lengua materna. Pero las asignaturas no fueron el único desafío al que se enfrentaron. Para facilitar la transición, la escuela añadió clases para orientar a los estudiantes recién llegados al país sobre las particularidades del sistema educativo estadounidense.
Cada nuevo estudiante tuvo una experiencia diferente. Santiago, de trece años, empezó en Andersen en primavera, poco después de completar un peligroso viaje desde Ecuador con su padre. Al llegar, Santiago dormía mucho; estaba deprimido. Le preguntaba a su padre por qué se habían ido de Ecuador. No dejaba de pensar en todo lo que había visto en su viaje. “No podía descansar porque dormía y soñaba con lo que estaba pasando anteriormente”, dice.
Pero cuando empezó con sus clases en Andersen, hizo amigos rápidamente y recuperó su personalidad. Al poco tiempo, le pidió a su padre que lo llevara a explorar su nueva ciudad.
En su primer día de clases, Yosi, de 13 años, vio que algunos de sus compañeros parecían ya conocerse del año anterior. Se sentía nerviosa, e intentaba encontrar su camino. Entonces, una compañera se le acercó y le pidió ver su horario. Yosi se lo mostró y la compañera la ayudó a encontrar sus clases.
Yosi sabía que había gente en Estados Unidos que no la quería allí. Donald Trump había prometido a los votantes deportaciones masivas si regresaba a la Casa Blanca. Pero también entendía que algunas personas, como su compañera de clase y sus profesores, estaban dispuestas a ayudarla.
Era septiembre y las elecciones presidenciales aún parecían lejanas. Pero la pregunta rondaba en el horizonte: después de todo lo que habían pasado para llegar a Estados Unidos, ¿podrían quedarse ahí estos estudiantes de secundaria?

Una “base de operaciones”
Los niños que son nuevos en el país tienen mucho que aprender sobre cómo funciona la escuela secundaria estadounidense: el sistema de calificaciones, el portal informático y los tipos de comportamientos que pueden causar problemas.
Ahí es donde entra Annie Connor. Antes, había sido profesora principal de inglés como segundo idioma (ESL, en inglés) en Andersen, apoyando y capacitando a otros docentes. Ahora, se centra en apoyar a los estudiantes recién llegados al país, incluyendo clases de orientación. Yosi y Santiago asistieron a su clase de tres horas.
“¡Ustedes reciben una F en su prueba!”, bromeó Connor un día de septiembre. Su tarea, proyectada en la pizarra, consistía en preguntarle a un compañero cuál era su animal favorito.
Cada uno de estos estudiantes es nuevo en la escuela, un mar de caras nuevas que exploran un nuevo país. Connor les da tiempo para que se conozcan, antes de sumergirse en una lección sobre cómo manejar el sistema escolar para registrar la asistencia y las tardanzas.
Antes de que existiera esta clase, Connor recordaba que jugaba al “whack-a-mole” con las necesidades de los recién llegados, respondiendo a sus preguntas cuando surgía un problema, en lugar de enseñarles de forma proactiva con antelación. Ahora también les ayuda a comprender aspectos confusos de su nuevo país, desde las festividades hasta la ropa de invierno y un curso intensivo de historia estadounidense.
Su salón de clases se ha convertido en una “base de operaciones” para los recién llegados que enfrentan no sólo los conflictos sociales y de salud mental habituales de la escuela secundaria, sino también los desafíos de mudarse a un nuevo país y el trauma que implica hacer un viaje de inmigración.

“Dejar atrás tu pasado”
Para Yosi, llegar a Minnesota significó volver a reunirse con su familia. Su padre había llegado a Estados Unidos seis años antes. Su madre se había reunido con él hacía dos años y, desde entonces, había dado a luz a su hermanito. Su hermano mayor también había hecho el viaje antes que ella. Hasta entonces, Yosi se había quedado con su abuela.
“En México yo estaba sola prácticamente”, dice.
Conscientes del peligro del viaje, sus padres la mandaron a buscar de la forma más segura posible: voló a la frontera con una vecina y cruzaron juntos. La noche anterior se enteró de su partida y solo pudo despedirse de unas pocas personas del pueblo donde había estado unida a tanta gente durante toda su vida.
“Se siente que feo el ver por última vez tu pueblo y saber que ya no vas a regresar”, dice Yosi. “Y pues solo tocó ser fuerte y salir y dejar atrás tu pasado”.
Yosi pasó su primera semana tras cruzar la frontera en un albergue para adolescentes en Arizona. Después de que las autoridades migratorias confirmaran que era hija de su padre, voló a Minnesota. Estaba demasiado emocionada como para poder dormir en el avión. Al aterrizar, casi no reconoció a su padre en el aeropuerto. Se abrazaron.
Ese día conoció a su hermanito. La familia celebró el cumpleaños de Yosi llevándola a ver el Spoonbridge y el Cherry en el Jardín de Esculturas del Centro de Arte Walker, un lugar emblemático de Minneapolis. Además, comió sus mariscos favoritos y tomó helado en La Michoacana.
Durante el verano, fue a pescar y jugó fútbol con su familia los fines de semana. Empezó a pasar tiempo con otros familiares que también habían llegado a Minneapolis.
Era muy cercana a un primo que trabajaba reparando techos, un trabajo a veces peligroso que emplea a muchos hombres sin visa de trabajo, incluyendo a su padre y a su hermano mayor. Él pasaba el fin de semana con su familia. Ella lo describe como una buena persona que vino a Estados Unidos para ayudar a sus padres en México.
Pero un día, cuando regresó a casa de la escuela, se enteró de que su primo se había caído de un techo mientras trabajaba y estaba en el hospital con heridas que ponían en peligro su vida.
Yosi se quedó atónita; habían pasado el día anterior juntos.
“Estuvo muchos días esperando que los doctores nos dieran todavía un poquito de esperanza, aunque era mínima”, dice.
Los registros muestran que el primo de Yosi cayó al suelo tras el derrumbe de parte de la estructura del techo. Sufrió un traumatismo craneoencefálico grave y falleció a causa de las lesiones tres días después. Una investigación de la OSHA de Minnesota determinó posteriormente que la empresa no contaba con las medidas de seguridad adecuadas para proteger a sus trabajadores de caídas.
Su primo pudo donar seis órganos, antes de que la familia enviara su cuerpo de regreso a México para que sus padres pudieran verlo por última vez.
Después del accidente, Yosi le dijo a su padre que le preocupaban los peligros del trabajo que él hacía. Pero la ignoró con un gesto.
Su padre había probado la pintura y la jardinería, pero le gustaba el duro trabajo físico de los techos. Y ganaba un buen sueldo. Tomaba precauciones de seguridad, como atarse bien el cinturón y dejar el teléfono en el coche para evitar distracciones.
En seis años de trabajo, dijo, solo supo de una caída, además de la de su primo: un joven que salió ileso, solo asustado.
“Es peligroso, pero a mí me gusta”, dice.

“Mi miedo más grande”
El padre de Santiago no creía que llegarían a Estados Unidos.
Sabía que el viaje era peligroso. Decidió dejar a sus hijas con su abuela por motivos de seguridad.
Pero para su hijo, decidió que el riesgo era necesario. Después de que Santiago empezara la escuela en otoño, las pandillas cercanas comenzaron a amenazarlo, indicando que querían reclutar a chicos de su edad.
Había demasiados peligros para Santiago en Ecuador. Su padre había perdido su trabajo. Trabajaba como conductor, repartiendo autos Toyota y Chevrolet a concesionarios en diferentes ciudades. Pero algunos de sus compañeros habían sido asaltados y secuestrados. Los autos empezaron a desaparecer. Así que el dueño decidió cerrar el negocio; había dejado de ser rentable.
Sin trabajo, el padre de Santiago tenía menos posibilidades de mantener a su familia. Le preocupaba que eso hiciera a su hijo más vulnerable, que pudiera llevarlo a unirse a las pandillas.
“Ese era mi miedo más grande”, dice. “Bueno, lo es todavía”.
Así que decidió irse con Santiago.
Santiago, a quien le gustaba jugar al fútbol y pintar en la escuela, nunca pensó que emigraría a Estados Unidos. Pero le gustó la idea cuando su padre le dijo que se iban.
“Pensé que bonito porque acá se puede cumplir un sueño que tengas”, dice. Le gustaría unirse a la Marina, dice, o convertirse en agente del FBI. “Pero a la vez preocupante porque no sabes qué te puede pasar en el camino o qué situaciones corren o peligro”.
Partieron en octubre de 2023. No sabían que les tomaría seis meses llegar a Estados Unidos.

Pintando calabazas
En octubre, los alumnos de Connor comenzaron su primer proyecto: pintar calabazas y entregárselas a sus profesores con una nota de agradecimiento.
Es una forma de presentarles la versión estadounidense de Halloween, fomentar su creatividad y ayudarlos a profundizar en lo que aprecian de los adultos de su escuela.
Yosi hizo una calabaza pirata que planeaba regalar a Connor. Santiago pintó su calabaza de negro y le hizo una cara blanca. Le escribió una tarjeta a una decana de conducta, agradeciéndole por quitarle el teléfono dos veces. Por su culpa, ya no lo trae a la escuela, escribió.
Para Connor, la actividad tenía varios propósitos: permitir a los estudiantes expresarse sin palabras; usar la lluvia de ideas; desarrollar una idea, ejecutarla y resolver cualquier dificultad que se presente. Además, es una oportunidad para que aprendan sobre una festividad estadounidense y prueben los caramelos de maíz y la sidra de manzana por primera vez.
Pero al final, dice, la idea era reforzar sus nociones de comunidad y ayudar a los estudiantes a establecer un hogar más sólido. “Porque su comunidad ahora ha cambiado”, dice.

“No hay fuerzas para ayudar a nadie más”
Santiago y su padre salieron de Ecuador en autobús. Primero, cruzaron a Colombia. Luego, tuvieron que recorrer a pie el Tapón del Darién.
El padre de Santiago esperaba proteger a su hijo de las dificultades del viaje. Pero no podía ocultar la brutal realidad de la ruta a través de la selva.
“Mucha gente herida, muchos cadáveres, gente que se iba en el río, se ahoga”, dice el padre de Santiago. “Y eso toca ver todos los días mientras se está dentro de la selva”.
Recordó haber visto a una mujer con tres hijos que se había roto una pierna y no podía seguir adelante. Santiago y su padre no pudieron ayudarla; no tenían comida y necesitaban continuar con su viaje.
“Es muy desgarrador ver cómo piden ayuda y uno no poder ayudar”, dice el padre de Santiago. “O sea, la intención hay todo, pero no se puede ayudar. No se puede cargar con un peso más porque uno se sale o sea, con las justas. No hay fuerzas para ayudar a nadie más”.
Mientras seguían avanzando, intentaba tranquilizar a Santiago. Pero las imágenes de los cadáveres en la selva se quedaron grabadas en su mente.
Llegaron a Panamá y, tras pedir dinero a casa, lograron cruzar hacia Costa Rica y Nicaragua.

Perdiendo el miedo
Días después de que los niños entregaran calabazas a sus maestros, Donald Trump, cuya principal propuesta electoral era realizar la mayor deportación de la historia, fue elegido para un segundo mandato como presidente.
Aunque Connor estaba preocupada, se concentró en finalizar el primer trimestre. No quería proyectar en los estudiantes sus miedos de adulta; quería escucharlos a ellos y a sus familias antes de decidir qué hacer. Habló brevemente de los resultados electorales en clase, asegurándoles a los niños que sus voces importaban.
Por esa época, Connor se enteró de que uno de sus estudiantes había sido deportado; era la primera vez que sucedía, que ella supiera. Era de Ecuador y solo había asistido a Andersen una semana. Cuando le explicó a Connor por qué se iba, le dijo: “El juez dijo que la violencia no es real”. Y luego se fue.
Un temor subyacente empezó a crecer entre algunos estudiantes. “No importa, nos van a deportar a todos de todas formas”, le dijo otro estudiante a Connor.
Connor trajo a su novio, Manuel, a clase para ayudar a los niños a profundizar un poco más en ideas para sus diarios. Les había pedido que escribieran sobre algo de lo que estuvieran orgullosos, una pregunta que a muchos les costó responder.
Manuel, un inmigrante peruano recién llegado, contó a los estudiantes que, cuando llegó a Estados Unidos, su inglés era “cero, cero, cero”. Se apoyaba en su prima, quien llevaba más tiempo en el país, para que se comunicara por él. Pero un día, ella no estaba y él tenía hambre. Caminó por el barrio hasta encontrar un Subway.
“Vi por el vidrio que había mucha gente en la cola pidiendo”, relata. “Entonces yo no quería entrar, porque eran todos americanos y yo tenía miedo de que se burlen o yo sentirme como que no sé inglés, ¿cómo me comunico?’”.
Después de que los demás de la fila se fueran, Manuel se acercó a pedir un sándwich. Sacó un traductor de su teléfono. Su primer intento fue: “Dame un sándwich”. Tras la cara del empleado, lo intentó de nuevo: “Quiero un sándwich”. Pero había olvidado que en Subway hay que responder a muchas preguntas sobre los ingredientes del sándwich. Dijo que sí a todo.
Fue un hito para Manuel. “Por fin pedí mi primer sándwich en los Estados Unidos”, dijo riendo. Pero no se trataba solo del sándwich. “Me sentí orgulloso. Pero más me sentí orgulloso de haber perdido el miedo”.
Connor animó a los niños a reflexionar sobre la historia de Manuel. Muchos habían escrito que estaban orgullosos de aprender más inglés, dice. Pero les pidió que reflexionaran: ¿Por qué eso los enorgullecía?
Una niña ofreció una respuesta. Connor la repitió para toda la clase:
“Que tú puedes hacer más cosas con una manera con más independencia”.

“Mejor me quedo en mi cuarto con mi teléfono”
Atrapada en casa durante el invierno de Minnesota, Yosi extrañaba la sensación de libertad y comunidad que había disfrutado en su pueblo en México. Las calles eran mucho más anchas de lo que Yosi estaba acostumbrada y había demasiados coches. No se sentía segura caminando sola, como sí se sentía en México. Descubrió que era difícil moverse por Minneapolis sin coche. Visitar a una amiga a pocas cuadras de distancia se sentía demasiado peligroso como para hacerlo sola.
“Yo para salir allá era libre”, dice Yosi. “Si queríamos ir a una tienda, compraba, pero acá ya no, acá ya no puedo ir yo sola a las tiendas”.
Yosi sabía que tendría mejores oportunidades en Estados Unidos que en México. Mucha gente de su pueblo, incluido su padre, no terminaron la escuela porque quedaba demasiado lejos o porque sus padres ya no podían permitirse enviarlos. Había pocos trabajos y los salarios eran bajos.
Pero extrañaba su forma de vida en México, donde conocía a todos y todos la conocían a ella, donde podía caminar hasta una tienda, donde podía pasar el rato fácilmente con amigos, donde vivía con un sentido de comunidad.
A veces sus padres invitaban a amigos, pero no tenían hijos de la edad de Yosi.
“Entonces mejor me quedo en mi cuarto con mi teléfono”, dice.
En México, pasaba mucho tiempo haciendo tareas, lo cual disfrutaba. Pero en Andersen, sus profesores rara vez le asignaban tareas. A veces Yosi se aburría.
“Aquí tengo mucho más tiempo libre y pues no tengo con quién gastarlo”, dice.

Un cambio de comportamiento
En noviembre, Connor dejó que los niños eligieran una comida de Acción de Gracias para probar. Votaron por el pastel de calabaza. Connor trajo un poco; los estudiantes le dieron opiniones diversas. Un nuevo estudiante, a quien sus amigos llamaban Gordito, se unió a la clase y se sentó junto a Santiago. Connor advirtió a sus alumnos sobre el invierno y les enseñó a caminar sobre aceras heladas.
“Tú eres un pingüino que quiere volar pero sabe que no puede volar”, bromeó Connor, mientras una estudiante hacía una demostración. Ella elogió su intento. “Tú no levantaste mucho el pie. Solo estabas rascando el suelo. Eso también es bueno, sinceramente es bueno”, dijo.
Con la llegada del invierno, Connor reunió a los niños después de clase en grupos pequeños para distribuir abrigos y botas donados y de segunda mano.
Un día de diciembre, Santiago se coló en la clase de Connor y se sentó en la mecedora roja del fondo, en lugar de su asiento asignado.
Connor decidió permitirlo. Santiago se había estado metiendo en problemas y faltando a clase; acababa de tener una reunión familiar difícil con sus padres.
Y Connor notó algunos patrones sociales preocupantes. Los niños formaban grupos con nombres y rivalidades. Santiago y Gordito a veces esperaban en lo alto de las escaleras a los niños que no les gustaban. Hubo algunas peleas, incluyendo una en la que un estudiante fue empujado. Si bien Santiago no era el instigador, a menudo estaba involucrado. Un día, después de clase, ella citó a Santiago y a Gordito para una intervención.
“Lo que siempre me pone nerviosa, ya sea en un drama de pandillas, de chicas o un conflicto que se agrava, es esta pérdida de identidad individual”, dijo Connor más tarde. Le preocupaba que siguieran ciegamente a quien percibieran como líder. Sabía que había pocos espacios donde sintieran un sentido de pertenencia, y estaban intentando crear el suyo propio.
Santiago no entendía las preocupaciones de Connor. Simplemente estaba con sus amigos, y a veces llegaban tarde a clase o los culpaban de las peleas, dijo.
A medida que el comportamiento y la asistencia de Santiago empeoraban, Connor se comunicaba con su padre a diario. Santiago había sido un buen estudiante en Ecuador. Pero tanto su padre como Connor se daban cuenta de que en Minnesota tenía dificultades.
“Pienso que es por querer ser como las demás personas”, dijo el padre de Santiago. “Querer estar al mismo nivel que los niños que llevan mucho tiempo aquí”.
Santiago se estaba desconectando de la escuela. El cambio era demasiado: un nuevo país, un nuevo idioma, una nueva escuela. Le costaba ver cómo podría tener éxito. “Pensé que no, que nunca iba a poder”, dijo más tarde.
En cambio, siguió a sus compañeros.
“Mis amigos decían: ‘Vamos’, y yo iba”, dice.
Él no había estado involucrado en empujar al estudiante, dijo, pero ese estudiante había insultado la apariencia de Gordito.
Y Gordito era su mejor amigo.
En casa, el padre de Santiago endureció las normas.
“Tuve que quitarle su teléfono, le quité la comunicación con sus amigos, todo”, dice.
Cuando tenía la edad de su hijo, el padre de Santiago ya había dejado la escuela para trabajar en la agricultura, la principal industria de su pueblo ecuatoriano. Pasó su adolescencia sembrando café y trabajando en una granja de avestruces antes de irse a Quito para convertirse en conductor. Ahora, en Minnesota, trabajaba largas horas como cocinero.
“Siempre estoy conversándole de eso, haciéndole ver cuántas horas trabajo para ganar lo que gano, el tiempo que tengo para descansar, y le digo que es porque no tengo una preparación suficiente como para elegir un trabajo”, dijo el padre de Santiago. “Yo tengo que hacer el trabajo que haya”.
Quería que Santiago tuviera más opciones, y eso significaba estudiar. Pero ahora Santiago faltaba a la escuela.
Le recordó a Santiago “todo lo que habíamos sufrido para llegar acá”.
“No era justo lo que él está haciendo”, dijo.

Un nuevo presidente
La toma de posesión de Trump coincidió con el Día de Martin Luther King, un feriado escolar. Ese mismo día, el Departamento de Seguridad Nacional anuló una directiva vigente desde hace tiempo que prohibía realizar actividades de control migratorio en lugares sensibles como las escuelas.
Andersen, al igual que muchas escuelas de Minnesota, impartió una capacitación para docentes sobre cómo responder si ICE intentaba realizar una visita.
Cuando sus alumnos regresaron a la escuela después del feriado, Connor los reunió y se aseguró de que toda la atención estuviera centrada en ella.
“Desde la última vez que tuvimos esta clase, hemos tenido un gran cambio en este país, ¿ya? Con un presidente nuevo”, dijo entonces. “En esta clase, vamos a hablar más de lo que está sucediendo en nuestro país, porque es importante. Ustedes tienen el derecho de entender qué está pasando en el lugar donde están viviendo”.
Les dijo que quería asegurarse de que entendieran algunas “cosas súper importantes”.
“Ahora no estamos en una época con jugar con la asistencia”, les dijo. “El lugar durante el día, donde ustedes están más seguros es dentro de Andersen. Andersen no puede ayudarte si estás en la comunidad. Hemos tenido en las semanas recién policía que traen a estudiantes a Anderson del mall, de lugares públicos, del bus de la ciudad. Para proteger a ti mismo y también a tu familia, tú no puedes jugar así. No eres intocable”.
También debían asegurarse de memorizar su domicilio y los números de teléfono de emergencia, les explicó. Les recalcó que no quería asustarlos y que no había ninguna amenaza inmediata. Pero era importante estar preparados.
“No necesitas tener miedo de decirme cualquiera cosa de la inmigración”, les dijo. “Como profe no hay nada, nunca, jamás voy a compartir la información de ustedes. Voy a estar en la cárcel”, dijo con la voz entrecortada, “antes de compartir cosas así”.
Después reconoció la gravedad de la conversación.
“Se siente fuerte, ¿ya? Pero ¿cuántos de ustedes ya estaban pensando en estas cosas antes de esta clase?”
Se levantaron algunas manos, incluyendo la de Yosi. Santiago se levantó y fue a la bicicleta estática colocada al fondo de la clase para que los niños gastaran energía.
Connor les dio a todos un momento para moverse y estirarse para quitarse la presión. Luego puso una película.
Santiago y Gordito se apretujaron en el gran sillón de Connor. Se durmieron juntos.
Haciendo preparativos
En febrero, el padre de Yosi pidió cita en el consulado mexicano para que Yosi pudiera obtener un pasaporte.
“Estoy consciente que puede ser, al ratito saliendo al trabajo me agarra Migración”, le dijo a Yosi. “¿Y tú cómo te vas si ni tienes pasaporte?”.
Pero Yosi protestó, no quería faltar ni un día a la escuela.
“Hija, citas los sábados no hay”, dijo. “Es que se tiene que hacer”.
A finales de ese mes, ICE arrestó a cinco techadores en Duluth.

¿Rompiendo las reglas?
En una protesta nacional programada para el Día Sin Inmigrantes, aproximadamente un tercio del alumnado de la escuela se quedó en casa. Algunos lo hicieron como protesta; otros lo malinterpretaron y pensaron que debían quedarse en casa debido a las medidas migratorias.
Trump mostró su impaciencia porque su plan de deportación masiva no avanzaba tan rápido como esperaba. Anunció planes para desestimar los casos de asilo sin una audiencia, poniendo en peligro el mecanismo de inmigración que muchos de los estudiantes de Connor y sus familias habían utilizado para llegar a Estados Unidos. Ya había suspendido el asilo en la frontera sur, por lo que no podían cruzar más familias. Y anunció planes para tomar medidas enérgicas contra ciudades santuario como Minneapolis.
Menos estudiantes nuevos con nivel de inglés básico llegaban a Andersen. Entre enero de 2025 y finales de año, se matricularon aproximadamente la mitad de los recién llegados que en el mismo período de 2024.
La clase de Connor comenzó una lección sobre el movimiento por los derechos civiles. Para los chicos recién llegados al país, comprender la jerarquía racial estadounidense es una tarea abrumadora. Antes de presentarles a John Lewis y las sentadas en los mostradores de los restaurantes, les pidió que hicieran una lluvia de ideas sobre quién dicta las normas.
Yosi sugirió al gobierno. Santiago dijo a la policía. Otros niños mencionaron a sus padres, maestros y a la gente.
“¿Hay momentos en los cuales es lo correcto romper la regla?”, preguntó Connor. “¿Y cómo sabes cuándo es el momento?”, preguntó. Apuntó a Santiago y Gordito; habían faltado a algunas clases, rompiendo una regla. ¿Era eso lo correcto? No, coincidió la clase.
“¿Es difícil o fácil venir a este país legalmente?”, les preguntó Connor.
“Difícil”, respondió la clase a coro.
“¿Es romper la ley llegar a este país en algunas maneras?”
“Sí”, dijeron.
“¿Está bien romper la regla?”, preguntó Connor.
“No, pero es un motivo claro porque a veces tu familia está en una situación mala y el gobierno no te ayuda”, dijo Yosi.
“¿Y qué si no hay ninguna mala situación?”, preguntó Connor. “¿Qué si una familia solo quiere seguir el sueño americano?”
“No”, dijo Yosi. “No si no están sufriendo en su país”.
Santiago y Gordito empezaron una guerra de pulgares.

“Me tocaba mentirle casi todos los días”
En Centroamérica, Santiago y su padre se toparon constantemente con obstáculos. Las autoridades hondureñas exigieron pruebas de que Santiago era hijo de su padre. En Guatemala, las pandillas exigieron grandes sumas de dinero para cruzar la frontera. En México, la policía hizo lo mismo. El padre de Santiago llamó a familiares en Ecuador para pedirles más dinero. Pidieron préstamos para ayudar.
El padre de Santiago le pagó a un coyote para que los llevara a la frontera con México. Pero al final del viaje, el coyote los llevó a una casa donde un cártel armado los tuvo secuestrados, exigiéndoles más dinero que no tenían.
Tras 11 días, escaparon en plena noche. Pero poco después, fueron detenidos por las autoridades migratorias mexicanas y deportados a Guatemala.
Ahora tenían que intentar entrar a México, otra vez. Se habían quedado sin dinero y sabían que corrían el riesgo de ser devueltos de nuevo. Cada control les infundía más miedo.
“Cada vez nos detenían el bus o algo, pues teníamos que tener dinero o que nos regresen nuevamente”, recordó el padre de Santiago. “A mí me bajaron una vez del bus, y me querían regresar a mí solo sin mi hijo y ahí fue donde más mal pasé porque la cantidad que me pedían no tenía”.
Sin dinero y sin posibilidad de pedir más préstamos a la familia, se detuvieron tres meses en la Ciudad de México para que el padre de Santiago pudiera trabajar. Intentaba ocultarle sus preocupaciones a su hijo.
“Me tocaba mentirle casi todos los días, que todo estaba bien”, dijo el padre de Santiago. “Tratar de que él no entre en ese miedo”.
Tras tres meses de trabajo, el padre de Santiago seguía sin tener dinero suficiente para pagar los boletos de autobús. Así que él y su hijo viajaron desde la Ciudad de México hasta la frontera en una famosa red de trenes de carga conocida como La Bestia.
“Ahí iba rápido y te hacía mucho frío”, recordó Santiago.
A veces la gente se duerme y se cae del tren, dijo el padre de Santiago. Otros se quedan heridos en el desierto, sin poder seguir adelante.
Caminaron por el desierto para hacer transbordo. Viajaron en otro tren durante tres días seguidos. Seis peligrosos días después, llegaron sanos y salvos a Ciudad Juárez. Tras varios intentos fallidos, lograron cruzar la frontera y se entregaron a las autoridades de inmigración estadounidenses.
Una vez que las autoridades los procesaron y los liberaron, no sabían qué hacer. El padre de Santiago llamó a su exesposa, la madre de Santiago. Ella fue quien hizo los arreglos para que vinieran a Minneapolis.

Un golpe en la puerta
Llegó la primavera. Yosi fue seleccionada para asistir a un evento en la sede del distrito escolar en honor al rendimiento académico de los estudiantes latinos.
Y la asistencia de Santiago empezó a mejorar. De repente, ya no faltaba a clases. Sus calificaciones también estaban mejorando.
Pero un día, Yosi no fue a la escuela. Cuando regresó, Connor le preguntó qué había pasado.
“Te extrañamos”, dijo Connor.
“No sabía cómo decirle”, dijo Yosi.
Le contó que las autoridades de inmigración habían llegado a la puerta de su familia temprano en la mañana. Vio a unas cinco personas por la ventana, con sus identificaciones. Llamaron con fuerza, “de forma insistente”, a la puerta de la planta baja del dúplex. Luego subieron y llamaron a la puerta de su familia. En un momento dado, giraron la manija de la puerta como si quisieran abrirla.
“Me preocupé y le dije a mi mamá que no salgamos”, dijo Yosi. Su mamá quería abrir la puerta para ver quién era y qué quería. Pero Yosi se negó.
“Yo he estado viendo las noticias y veo cómo se llevan a personas de sus casas”, dijo.
“No tienes que abrir la puerta ni decir nada”, le dijo Connor. “Necesitan una orden judicial”. Usó la palabra en inglés, que Connor rara vez usa con sus alumnos, y le dijo a Yosi que podía pedirles que se la mostraran por debajo de una puerta o por una ventana.
“¿Cómo te sientes?”, le preguntó a Yosi.
“Insegura”, respondió Yosi.
No era la primera vez que Connor escuchaba una historia así en las últimas semanas. La familia de otro estudiante la había llamado presa del pánico recientemente. La policía los había detenido y no sabían qué hacer.
La policía permitió que Connor actuara como traductora por teléfono. Resultó que, como el coche no tenía seguro, no podía circular legalmente. Connor les dijo que aparcaran el coche y buscaran otra forma de volver a casa. Los padres le pidieron a Connor que lo condujera, pero ella les dijo que no: la policía los estaría buscando.
Connor y Manuel se habían comprometido durante las vacaciones de primavera. Pero con tanta incertidumbre, no estaban seguros de cuándo podrían casarse.

“Cambié por ella”
A principios de mayo, Santiago sacó un certificado de su mochila y se lo mostró a Connor. Había ganado un premio por asistencia. Su premio: un sándwich de helado en la cafetería. Durante todo el mes de abril, solo había llegado tarde a clases cinco veces y solo había faltado tres: una mejora drástica.
Connor abrazó a Santiago y pidió a la clase que aplaudiera. Santiago sonrió con orgullo, sacando la lengua.
Al principio, él no creía que pudiera tener éxito en la escuela en Estados Unidos. Así que faltó a la escuela para jugar con sus amigos.
“Antes, me dejaba llevar más por mis amigos”, dijo. “No tenía enfoque en mí mismo, pero me di cuenta que, igual mi papá me ha aconsejado, que necesito estudios, asistencias para mí mismo porque eso en un futuro me puede servir a mí”.
También le dio crédito a Connor por el cambio.
“Le agradezco porque por ella igual cambié”, dijo.
Días antes de la graduación, Santiago fue suspendido por una discusión con otros estudiantes. Santiago dijo que no había participado en la pelea.

Una graduación, una redada, un nuevo comienzo
Horas antes de la ceremonia de graduación de octavo grado, comenzaron a circular rumores sobre un incidente que ocurrió a pocas cuadras de Lake Street, en el corazón de la comunidad latina de Minneapolis.
Más de 30 agentes del orden público se habían reunido en una popular taquería ubicada en una intersección muy transitada, trayendo tanques militares y agentes de ICE.
Mientras los teléfonos de los padres se llenaban de noticias, los estudiantes ocupaban sus asientos en orden alfabético para su graduación. Algunos, incluyendo a Yosi, llevaban cintas que conmemoraban su buena asistencia y su lugar en el cuadro de honor. También recibió un premio por ejemplificar uno de los valores fundamentales de Andersen: la inclusión.
A pocas cuadras de la Lake Street, agentes camuflados formaron una cadena humana alrededor de la taquería. Algunos forcejearon con los manifestantes. Una de las fuerzas del orden utilizó un irritante químico.
Los maestros llamaron a los graduados uno por uno para recibir sus certificados. Santiago hinchó las mejillas al oír su nombre y luego se acercó a sus maestros para aceptar el suyo.
Los funcionarios del gobierno aclararon posteriormente que la redada en la taquería no estaba relacionada con la aplicación de la ley migratoria. Pero en ese momento, para muchos miembros de la comunidad, incluido el padre de Santiago, parecía una redada de ICE.
Aun así, para el padre de Santiago, fue un día de orgullo. Solicitó el día libre para la ocasión. Lo vio como un paso hacia el logro del sueño que compartían: convertirse en profesionales.
Los padres y el hermano pequeño de Yosi también asistieron a la ceremonia. Yosi había reflexionado mucho sobre la llamada a la puerta que su familia había recibido a principios de esa primavera. Empezó a preguntarse si era de ICE, pero se dio cuenta de que tal vez nunca lo sabría.
Ahora estaba lista para sus siguientes pasos: tomar clases durante el verano y aprender a usar su nuevo pase de autobús urbano, un boleto a la independencia.
Ella, Santiago y el resto de la clase de Connor habían terminado su primer año escolar en Estados Unidos. No sabían qué les depararía el futuro.
